
Ella No Quería Enamorarse
- Genre: Romance
- Author: Jess Queen
- Chapters: 10
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
- 👁 2
- ⭐ 5.0
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Annotation
Emma Carter está a punto de perderlo todo. Sin trabajo, con los últimos dólares en su bolsillo y un desalojo cada vez más cerca, solo le queda el apoyo incondicional de sus dos mejores amigas. Decididas a levantarle el ánimo, ellas la convencen de salir a tomar algo una noche. Lo que parecía una simple salida para olvidar sus problemas termina convirtiéndose en el inicio de una vida completamente distinta. Un encuentro inesperado. Un hombre capaz de hacerle creer en el amor cuando ya había dejado de buscarlo. Y un peligro que acecha desde las sombras, dispuesto a destruir todo aquello que ella comienza a construir. Mientras el pasado y los secretos amenazan con alcanzarla, él hará lo imposible por mantenerla a salvo... incluso si para lograrlo debe arriesgar su propia vida. Porque algunas noches cambian tu destino para siempre.
Chapter 1
Cap 1
El sonido de la alarma rompe el silencio antes de que salga el sol. Estiro el brazo a ciegas para apagarla y permanezco unos segundos mirando el techo de mi pequeño apartamento. Todavía estoy cansada, pero hoy debo llegar más temprano a la tienda. Esperamos un pedido importante y la gerente me pidió que estuviera allí antes de la apertura para ayudar a organizar la mercadería nueva.
Me doy una ducha rápida, recojo mi cabello en una coleta y me pongo el uniforme. Antes de salir preparo un café y una tostada. No es el desayuno más emocionante del mundo, pero alcanza para empezar el día. Tomo mi bolso, reviso que lleve las llaves y cierro la puerta con la esperanza de que sea un buen día.
La necesito más de lo que estoy dispuesta a admitir.
Las calles de Chicago todavía están tranquilas cuando llego al centro comercial. Algunas persianas permanecen bajas y los empleados entran con vasos de café en las manos mientras bostezan sin ningún pudor. Saludo al guardia de seguridad con una sonrisa y camino hasta la tienda.
—Buenos días, Emma.
—Buenos días.
Dejo mi bolso en el pequeño vestidor y estoy a punto de encender una de las luces cuando escucho una voz a mi espalda.
—Emma... ¿puedes venir un momento a mi oficina?
Me giro despacio.
La señora Henderson permanece junto a la puerta con una carpeta azul apretada contra el pecho. Tiene unos cincuenta años, el cabello rubio ceniza cuidadosamente recogido en un moño bajo y un traje beige impecable que jamás parece arrugarse. Siempre proyecta esa imagen de mujer organizada que lleva veinte años dirigiendo la tienda sin perder el control ni una sola vez.
Sin embargo, hoy hay algo distinto.
No sonríe.
Tampoco mantiene esa expresión firme que suele intimidar a los empleados nuevos. Evita mirarme durante *p*n*s un segundo antes de dedicarme una sonrisa tan forzada que desaparece casi al instante.
Un cosquilleo incómodo me recorre el estómago.
Nunca me había llamado a su oficina a primera hora.
—Claro.
La sigo por el estrecho pasillo que conduce al fondo de la tienda. A nuestro alrededor todavía reina el silencio. Las luces principales permanecen apagadas y solo algunos focos iluminan los exhibidores cubiertos con la mercadería que llegó la noche anterior. El aroma a ropa nueva y cartón recién abierto llena el ambiente.
La señora Henderson abre la puerta de su oficina y me hace un gesto para que pase primero. Ese detalle, tan poco habitual en ella, termina de ponerme nerviosa. Entro despacio y cierro la puerta a mi espalda mientras ella deja la carpeta sobre el escritorio. Durante unos segundos no dice una sola palabra; simplemente acomoda un bolígrafo que ya estaba perfectamente alineado, alisa distraídamente unos papeles y toma aire con lentitud, como si estuviera reuniendo el valor para decir algo que lleva demasiado tiempo ensayando. Mantiene la vista fija sobre los documentos, se humedece los labios con evidente incomodidad y el silencio que se instala entre las dos empieza a volverse insoportable.
—¿Sucede algo? —pregunto al fin.
Levanta la mirada. Sus ojos reflejan un cansancio que nunca había notado. Incluso tiene unas leves ojeras ocultas bajo el maquillaje.
Suspira.
—Desearía que esta conversación fuera diferente.
El corazón me da un vuelco y prieto con fuerza los puños.
—Me está asustando.
Ella baja la vista otra vez y entrelaza las manos sobre el escritorio.
—La empresa tomó la decisión de hacer una reducción de personal. Las ventas han caído durante los últimos meses y la oficina central ordenó eliminar varios puestos en distintas sucursales.
Parpadeo. Las palabras llegan a mis oídos, pero mi cabeza se niega a procesarlas.
—No entiendo...
La señora Henderson cierra los ojos *p*n*s un instante, como si esa parte fuera la más difícil.
Cuando vuelve a abrirlos, ya conozco la respuesta incluso antes de escucharla.
—Emma... uno de esos puestos es el tuyo.
—Pero... nunca falté. Siempre cubrí turnos cuando alguien se enfermaba. Incluso vine los fines de semana cuando me lo pidieron.
—Lo sé.
Su voz está cargada de culpa.
—Créeme, si la decisión dependiera de mí, seguirías trabajando aquí. No tiene que ver con tu desempeño, Emma. Simplemente eres la última persona que ingresó al equipo.
No sé qué responder.
Todas las palabras que tenía desaparecen de golpe.
Ella desliza un sobre blanco sobre el escritorio.
—Aquí está la documentación y la liquidación correspondiente.
Miro el sobre, pero no lo tomo enseguida. Hace *p*n*s cinco minutos estaba pensando en acomodar cajas y exhibidores; ahora estoy desempleada. Qué rápido puede cambiar una vida.
Respiro hondo, obligándome a mantener la compostura. No voy a llorar aquí, ni frente a ella, ni frente a nadie.
—Gracias... por darme la oportunidad de trabajar aquí.
Mi propia voz me resulta extraña. Ella se pone de pie y, antes de que salga de la oficina, apoya una mano sobre mi hombro.
—Vas a encontrar algo mejor. Estoy segura.
Intento sonreír.
Recojo mis pocas cosas del vestidor, me despido de dos compañeras que todavía no entienden qué ocurre y atravieso la tienda por última vez. Cuando las puertas automáticas se abren, una ráfaga de aire fresco me golpea el rostro.
Solo entonces el peso de la realidad cae sobre mis hombros. Aprieto con fuerza el sobre que llevo en la mano mientras observo el movimiento de la ciudad frente a mí. La gente sigue caminando con prisa, los autobuses continúan su recorrido y los edificios siguen allí, imponentes, como si mi mundo no acabara de derrumbarse.
Supongo que así funciona la vida. No se detiene por nadie. Tomo aire y comienzo a caminar. Quedarme quieta no va a pagar el alquiler, tampoco va a conseguirme otro empleo. Necesito encontrar trabajo, y lo necesito cuanto antes.
Saco el móvil y envío un único mensaje al grupo que comparto con mis amigas.
Me despidieron.
*p*n*s pasan unos segundos antes de que el teléfono comience a vibrar sin descanso. Llamadas perdidas, mensajes de texto, audios... el chat se llena tan rápido que *p*n*s alcanzo a leer las notificaciones. Guardo el sobre dentro del bolso y emprendo el camino de regreso a mi apartamento, convencida de que el universo me odia, porque acaba de descargar un diluvio sobre mi vida.
Chapter 2
Un mes después
Es domingo y la lluvia golpea los ventanales desde hace horas. Estoy terminando de lavar los pocos platos del almuerzo cuando llaman a la puerta con tanta insistencia que casi dejo caer uno al fregadero.
—¡Emma! —grita Megan desde el otro lado, seguida por las carcajadas de Loraine.
Cierro los ojos un instante.
Estoy en problemas.
Me seco las manos con un repasador y camino hasta la entrada. *p*n*s abro la puerta, las dos se lanzan sobre mí entre abrazos, besos y el inevitable perfume a lluvia que traen empapando los abrigos. Mientras dejan los paraguas apoyados en un rincón, noto algo que me hace fruncir el ceño.
Traen bolsos.
Y valijas.
—¿Qué significa todo esto? —pregunto, aunque sospecho que no voy a disfrutar la respuesta.
Megan cruza los brazos y sonríe con esa expresión triunfal que conozco demasiado bien.
—Es hora de la mudanza, querida amiga.










