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ESCLAVA DEL PLACER

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Annotation

Una firma. Un contrato implacable. Y la vida de una niña en juego. Alicia tiene veintidós años, una mente privilegiada y el orgullo intacto... hasta que la insuficiencia renal de su hermana pequeña la coloca contra la pared. Cuando el gigantesco consorcio Thorne BioPharma cancela arbitrariamente la cobertura médica que mantiene a su hermana con vida, Alicia irrumpe en el despacho del hombre más temido de Fráncfort dispuesta a exigir justicia. Pero Garrick Thorne no conoce la piedad. A sus treinta y cuatro años, el temible CEO y exmilitar gobierna su imperio farmacéutico con la frialdad de un cirujano y la crueldad de un conquistador. Para Garrick, todo en la vida es una transacción fría. Y la desesperación de Alicia es la presa perfecta. Él no quiere sus lágrimas ni su trabajo de asistente: exige su libertad, su presencia implacable y su entrega total a puerta cerrada a cambio de saldar la deuda médica. Sin otra opción para salvar a su hermana, Alicia firma su condena y entra en la jaula de cristal del magnate. Lo que Garrick jamás anticipó es que la mujer que pretendía someter se convertiría en su adicción más peligrosa. Detrás de las sábanas de seda y las cumbres corporativas de alta tensión, la fragilidad de Alicia se transforma en una garra letal. Entre intrigas de mercado, traiciones corporativas a diez mil metros de altitud y un deseo carnal que quema cualquier protocolo, la línea entre el dominador y la prisionera se destruye para siempre. En esta guerra de poder y seducción, solo hay una regla: quien se enamore primero pierde la corona.

Chapter 1 EL QUIEBRE

**ALICIA**

 

—La palabra “todo” tiene un precio sumamente sucio, Alicia. Asegúrate de estar dispuesta a pagarlo antes de seguir llorando sobre mi alfombra.

 

La voz de Garrick Thorne resonó como un latigazo en la inmensidad de su oficina del cuadragésimo piso. Afuera, la silueta vertical de Fráncfort se ahogaba bajo una tormenta gris; adentro, el aire olía a cuero costoso, a mármol frío y a un poder tan aplastante que sofocaba los pulmones.

 

Permanecí de pie frente al inmenso escritorio de obsidiana, sosteniendo contra mi pecho la carpeta médica de Sofía. Mis nudillos estaban blancos. La tela del abrigo barato que llevaba puesto parecía una burla frente a la elegancia impecable del traje a medida de Garrick. Él no se había movido. Estaba erguido junto al ventanal, con la espalda ancha bloqueando la luz de la tarde y los brazos cruzados. Un titán de treinta y cuatro años hecho de músculo, frialdad militar y decisiones despiadadas.

 

—No estoy llorando, señor Thorne —rebatí. Mi voz vibró, pero me negué a bajar la mirada cuando él se giró despacio—. Estoy exigiéndole la cobertura médica que la filial de su consorcio canceló de manera arbitraria. La insuficiencia renal de mi hermana de doce años no es una cifra imprevista en su balance de pérdidas y ganancias.

 

Garrick avanzó. Cada uno de sus pasos era lento, medido, dominante. Cuando se detuvo a medio metro de mí, su sombra me cubrió por completo. Sus ojos, de un gris helado y calculador, recorrieron mi rostro descompuesto, deteniéndose en el temblor imperceptible de mis labios.

 

—El contrato de la póliza de tu familia tenía una cláusula de exclusión clara para tratamientos experimentales —dictaminó con una tranquilidad exasperante—. Tu insistencia en subir hasta mi despacho no es valentía, Alicia; es una ignorancia profesional patética.

 

“El idealismo con el que me gradué de la universidad acaba de morir. A nadie le importa la justicia cuando el verdugo viste de diseñador”.

 

“Sofía no necesita una hermana con principios morales intactos. Necesita una máquina de diálisis de última generación y a los mejores cirujanos de Alemania antes de que su corazón falle”.

 

“Si tengo que quemar mi orgullo para mantenerla con vida, lo haré. Me da igual el abismo”.

 

Ese segundo de lucidez quemó los últimos vestigios de mi ingenuidad. Tragué saliva, manteniéndome firme sobre mis tacones, y extendí la carpeta hacia él.

 

—Entonces póngale una cifra —dije, expulsando las palabras con una dureza que no sabía que poseía—. Si la póliza no lo cubre, dígame cuánto cuesta la vida de mi hermana. Trabajaré para su consorcio el resto de mis días. Descuéntelo de mi sueldo. Haga lo que quiera, pero no ordene que desenchufen sus equipos este fin de semana.

 

Garrick miró la carpeta que le ofrecía y luego volvió a fijar su atención en mí. Una sonrisa gélida y *p*n*s perceptible curvó la comisura de sus labios. La chispa que se encendió en sus pupilas no tenía nada de compasión; era la mirada de un depredador que ve a su presa dar el paso definitivo hacia la trampa.

 

—Tu sueldo de asistente no pagaría ni una semana del tratamiento que ella necesita —respondió, quitándome el expediente de las manos con una lentitud exasperante. Sus dedos rozaron los míos; un chispazo de calor abrasador atravesó mi piel, contrastando brutalmente con su tono distante—. Pero me agrada que al fin empieces a hablar el lenguaje de los adultos. Las transacciones reales.

 

Se dio la vuelta, caminó hasta su mesa y extrajo un documento impreso de un cajón con cerradura electrónica. Lo deslizó sobre la superficie acristalada junto a un bolígrafo de plata.

 

—Ese no es un contrato de trabajo, Alicia —expresó con voz baja, profunda, arrastrando cada sílaba—. Es un acuerdo de exclusividad, confidencialidad y entrega absoluta. Yo financiaré el tratamiento integral de Sofía, los mejores especialistas del país y su traslado a la clínica privada Thorne. A cambio, tú pertenecerás a mi esfera personal.

 

Mi pulso se aceleró frenéticamente. Pasos rápidos, golpes soplados de aire en mi pecho.

 

—¿A qué se refiere con su 'esfera personal'? —pregunté, aunque la respuesta ya quemaba en mi garganta.

 

—A que harás lo que ordene, cuando lo ordene y como lo ordene —sentenció, rodeando el escritorio hasta quedar peligrosamente cerca de mi espalda. Su aliento cálido rozó la curva de mi cuello, obligando a que cada vello de mi cuerpo se erizase—. Renuncias a tu libertad exterior. Vivirás bajo mis reglas y en mi propiedad. Serás mía por el tiempo que yo considere necesario para saldar tu deuda.

 

Miré el papel sobre la mesa. Las cláusulas eran un manifiesto de sumisión absoluta. Mi mente procesó la humillación, el miedo y la indignación en un chispazo violento. Quise abofetearlo. Quise gritarle que era un monstruo. Pero la imagen del rostro pálido de Sofía en la cama del hospital borró cualquier atisbo de duda.

 

Garrick tomó el bolígrafo y me lo ofreció, manteniéndolo suspendido a milímetros de mis dedos.

 

—Firma, Alicia —susurró cerca de mi oído, con una orden disfrazada de invitación carnal—. O regresa al hospital a ver cómo se apaga la pantalla de su monitor.

 

El dolor de mi orgullo roto se transformó en una rabia fría y concentrada. Apreté los dientes, agarré el bolígrafo con fuerza y estampé mi firma en el documento sin dudar un segundo más, sellando mi condena mientras la tormenta estallaba contra el cristal.

 

**GARRICK**

 

Ver la mezcla de terror puro y audacia en sus ojos castaños mientras presionaba la tinta sobre el papel fue el espectác*l* más fascinante que había presenciado en años.

 

“La tengo exactamente donde quería. Sin recursos, sin salidas, acorralada por su propia devoción filial”.

 

Un destello de triunfo helado recorrió mi espina dorsal cuando estampó su firma. Alicia entregó su destino sin sospechar la tormenta que acababa de desatar sobre sí misma. Levanto la barbilla al terminar; seguía desafiante, una pequeña e ingenua guerrera sangrando sobre mi alfombra.

 

Deslicé mi mano sobre la suya para arrebatarle el bolígrafo. El contacto fue una descarga eléctrica que me abrasó la palma. Su piel olía a lluvia y a una fragancia dulce y económica, propia de alguien que trabaja doce horas al día para mantenerse en la mediocridad.

 

—Listo —murmuró ella, intentando dar un paso atrás para poner distancia.

 

No se lo permití. Atrapé su muñeca con la fuerza exacta para inmovilizarla sin fracturarla.

 

—Todavía no, Alicia —la corregí con voz grave, sintiendo cómo su pulso desbocado golpeaba contra las yemas de mis dedos—. La firma es solo el trámite. El pago empieza ahora.

 

"Creí que esto sería un acuerdo corporativo más. Una pieza accesible para entretener mis noches de insomnio y saldar cuentas con mi propia sed de dominio. Me equivoqué".

 

El pulso en su garganta latía como el de una presa atrapada en una red de acero. Pero no había súplica en sus pupilas. Había odio. Un odio puro, vivo, delicioso. Esa insolencia encendió un fuego líquido en mis entrañas que amenazaba con resquebrajar la compostura militar que me había tomado décadas construir.

 

La tiré hacia mí sin contemplaciones. Su cuerpo pequeño impactó contra la firmeza de mi pecho. Escuché su ahogado jadeo de sorpresa, el choque de sus labios entreabiertos contra el aire gélido del despacho.

 

—Suélteme —exigió, aunque sus dedos se clavaron instintivamente en la solapa de mi saco para no perder el equilibrio.

 

—A partir de este segundo, tú no pides nada —susurré, inclinándome hasta que mi boca rozó la comisura de sus labios, sintiendo el calor acelerado de su respiración—. A partir de este segundo, eres mía.

 

Capturé sus labios antes de que pudiera articular otra protesta. No fue un beso paciente ni piadoso. Fue una toma de posesión brutal, hambrienta, cargada del dominio despótico que ejercía sobre cada centímetro de mi imperio. Sabía a sal, a furia reprimida y a una tentación tan oscura que hizo arder mis alertas internas.

 

Ella intentó resistirse un instante, pero cuando apreté mi agarre en su cintura, pegándola a la línea dura de mis caderas, un gemido ahogado se le escapó en el fondo de la garganta. La química entre los dos era un abismo voraz.

 

"Esta mujer no es una simple transacción. Es una adicción que me va a destruir si no la consumo primero".

 

La liberé de golpe, rompiendo el contacto. Alicia dio un paso atrás, tambaleándose ligeramente, respirando con dificultad mientras sus labios hinchados brillaban por la humedad.

 

—El chofer te espera abajo —ordené, ajustándome los puños de la camisa con una frialdad calculada, aunque la sangre me quemaba por dentro—. Recoge tus pertenencias. Hoy duermes en mi ático.

Chapter 2 LA REACCION

**ALICIA**

 

Las sábanas de seda negra de su cama matrimonial se sentían gélidas contra mi piel desnuda, pero el calor que desprendía el cuerpo de Garrick al inclinarse sobre mí amenazaba con incinerar mi dignidad.

 

El ático en la cúspide de Fráncfort era un mausoleo de cristal y penumbra. Abajo, las luces de los rascacielos chispeaban bajo la lluvia como diamantes sumergidos; arriba, entre las paredes de concreto pulido y cuero, solo existíamos la sombra dominante de Garrick y mi respiración agitada. No hubo preámbulos suaves, ni cena, ni palabras de cortesía. Él había venido a cobrar el primer plazo de su propiedad.

 

"Cometí el error de creerme destruida. Pensé que entrar a esta habitación significaba mi muerte como mujer, que me convertiría en una sombra vacía para salvar a Sofía. Qué ingenua".

 

"El dolor por mi libertad perdida no va a paralizarme. Si este monstruo cree que compró a una víctima silenciosa

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