
Mi Compañero de Cuarto Pelea de Noche
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Annotation
Nadie en Ravenhurst le ha visto nunca una marca en la cara a Knox Byrne. Mariscal de campo, número 7, el chico de oro del campus. Y dos noches por semana, en la planta menos dos de un aparcamiento del distrito de almacenes, un peleador invicto al que llaman el Santo. Porque no sangra. No pelea por gloria. Pelea porque a novecientos kilómetros hay cinco hermanos que dependen de él y un padre que no puede sostenerlos, y porque su beca le prohíbe ganar un solo dólar fuera del programa. Nika Marek solo quería una habitación barata y que nadie la mirara. Le tocó la del otro lado de su pared. Ella lee a la gente como se leen las cartas boca arriba. Doce segundos después de cruzar esa puerta ya ha dicho en voz alta tres cosas que él creía que no podía ver nadie. Él es el único al que ella no consigue leer. Y ella es la única que no puede permitirse que él descubra por qué. Ella calcula para no deber. Él paga para que nadie lo abandone. ¿Qué pasa cuando dos personas que nunca recibieron amor gratuito intentan darse algo que no saben cobrar?
Capítulo 1 — Tres bolsas
POV: NikaTres bolsas. Once metros de pasillo. Catorce personas mirando y ninguna moviéndose.
Contar ayuda. Si cuentas, no sientes; y si no sientes, no lloras delante de gente que ha salido de su cuarto para verte llorar. Es lo primero que aprendí de niña y sigue siendo lo único que me ha servido.
Marlee estaba apoyada en el marco de la que hasta esa mañana era también mi puerta, con los brazos cruzados y la cara tranquila de quien espera un autobús.
—No es personal —dijo.
—Ya. Por eso has abierto la de los libros.
Porque esa era la parte buena. Dos bolsas estaban cerradas con nudo. La tercera estaba abierta y volcada hacia el pasillo, colocada de manera que se vieran los lomos con el sello de la biblioteca pública de Ashgrove. Eso no pasa al arrastrar una bolsa. Eso se coloca.
—Hueles a tren —dijo una de las otras dos—. Todo lo tuyo huele a tren.
Cierto, además. A las tres de la mañana el tren pasa por detrás de la cafetería donde estudio y hace vibrar los vasos, y luego el olor se te queda en la ropa dos días. No se lo discutí. Nunca discuto las cosas que son verdad; me sale más barato.
—Ay. ¿Y esto?
Marlee tenía algo levantado entre dos dedos, con esa cara de haber encontrado un diario.
Una ficha. Azul, con el canto gastado, el borde descascarillado y unas letras que ya casi no se leían.
—¿Qué es, un souvenir? —Se rió—. ¿Tu papi te lleva a Las Vegas?
Y ahí sí.
Ahí me dio en el hueso, exactamente en el hueso, sin saber siquiera que había un hueso.
—Dámela.
—Uy. —Levantó las cejas—. O sea que sí.
La tiró al suelo. Rodó de canto tres cuartos de metro y se quedó plana delante de mi zapato.
Me agaché. Y antes de que yo decidiera nada, mis dedos hicieron lo que llevaban seis años sin hacer: la ficha subió por los nudillos, bajó, volvió a subir. Dos vueltas completas, limpias, en silencio, como si el resto de mí no estuviera invitado.
Paré a mitad de la tercera.
Nadie dijo nada. Marlee se rió otra vez, pero medio segundo tarde, que es lo que hace la gente cuando ha visto algo que no entiende.
Mi padre decía una cosa cuando yo tenía nueve años y me sentaba a su izquierda en mesas donde no debía estar. En esta familia a nadie se le quiere gratis, Veruska. Lo decía como un chiste. Le funcionaba: todo el mundo se reía.
Me guardé la ficha en el bolsillo.
Al fondo del pasillo había una chica apoyada en la pared que no se había reído con las demás. Rubia, abrigo caro, un café en la mano y cara de aburrimiento profesional.
No me miraba a mí.
Me miraba la mano.
—¿Has comido? ¿Has dormido? ¿Te has muerto? Contesta en ese orden.
Nora Okafor llegó por las escaleras con las llaves girando en el dedo y la voz a un volumen que no admite negociación. Miró las bolsas, miró a Marlee, y decidió en un segundo y medio a quién iba a odiar durante el resto del curso.
—No, sí y todavía no —dije.
—Suficiente. —Cogió dos bolsas—. Te vienes.
—Nora.
—Hay una habitación libre en el cuatro B desde septiembre y yo duermo sola en ella como una viuda. Coge la bolsa esa que han abierto, que se les vea bien la cara mientras te la llevas.
La cogí. Y me la llevé despacio, que es lo único parecido a la dignidad que te dejan en un pasillo.
* * *
El cuatro B olía a suavizante y a otra cosa que no supe identificar: algo medicinal, con alcanfor.
Dos habitaciones, un baño, una cocina pegada al salón. En la nevera había una pizarra blanca con turnos de ducha escritos en rotulador rosa, con letra de Nora, y debajo una lista de la compra donde alguien había tachado cereales tres veces.
—Milo y el otro. —Nora señaló la puerta cerrada con la barbilla—. Milo es mío. El otro es problema suyo.
—¿Y no le importa que me instale?
—Le importa a todo el mundo todo, Nika. Se les pasa.
Me raspé el dorso de la mano con el nudo de la bolsa al soltarla y fui a la nevera a buscar hielo.
Abrí el congelador.
Seis bolsas de guisantes congelados.
Nada más. Ni hielo, ni pan, ni una pizza olvidada de hace un año. Seis bolsas de guisantes, apiladas, dos de ellas reventadas por una esquina y pegadas con cinta americana.
Nadie compra seis bolsas de guisantes. Nadie se come seis bolsas de guisantes.
Estaba todavía con la puerta abierta y el frío en la cara cuando se abrió la del otro cuarto.
Salió secándose el pelo con una toalla, en pantalón de chándal y sin camiseta, y lo primero que pensé no fue nada inteligente.
Era grande de una forma útil, no de gimnasio. Hombros, espalda, un cuerpo construido para empujar a otros cuerpos. Y yo, que llevo veinte años entrenada para mirar manos, me pasé medio segundo mirando otra cosa.
Medio segundo. Lo conté.
Luego se me pasó, porque le vi las costillas.
Del lado derecho, subiendo hacia la axila, tenía una mancha que llevaba días ahí: ya no era morada, era de ese verde amarillento del final. Y encima, más nueva, otra que sí era de anoche.
Bajé.
Nudillos partidos en las dos manos. El izquierdo, con una costra abierta otra vez.
Subí.
Y arriba no había nada.
Nada de nada. Ni en el pómulo, ni en la ceja, ni en el labio, ni en el puente de la nariz. La cara de un chico que sale en el periódico.
Bajó la toalla. Me miró como se mira una silla que alguien ha movido de sitio.
—¿Y tú eres?
—La que va a dormir al otro lado de esa pared.
Cerró la boca. Yo debería haberla cerrado también.
—Te has secado el pelo con la izquierda —dije—. Eres diestro; has abierto la puerta con la derecha y la has bajado enseguida, así que te duele algo de ese lado y no es la mano.
—Vale, no...
—Has mirado el móvil dos veces en cuarenta segundos. —Cerré el congelador—. Y no esperas un mensaje. Esperas que no llegue.
Se quedó muy quieto. La gente cree que la reacción es moverse. Casi nunca es moverse.
—Y no tienes ni una marca de la clavícula para arriba. —Señalé con la barbilla, sin señalar del todo—. De ahí para abajo, todas. Eso no pasa por accidente.
Silencio en la cocina. Detrás de mí, la nevera arrancó el motor.
—Eso se decide —dije.
Y entonces sí se movió.
Se movió despacio, sin acercarse: alargó la pierna y empujó con el pie la puerta que daba al pasillo hasta que encajó en el marco, con un clic pequeño y educado que sonó a otra cosa.
Volvió a mirarme. Y su voz salió tranquila, tan tranquila que fue peor.
—¿Cuánto tiempo llevas mirándome?
Capítulo 2 — Siete segundos
POV: KnoxLo que no le dije fue que yo llevaba cuatro meses mirándola a ella.
El Vagón es una cafetería de veinticuatro horas pegada a las vías, tres manzanas fuera del campus, donde el café sabe a cazo quemado y nadie te pregunta nada. Yo paso por allí los martes y los viernes de madrugada, cuando vuelvo, porque necesito veinte minutos entre lo que hago y la persona que soy cuando abro la puerta de casa.
Ella está siempre en la mesa del fondo. Libreta cuadriculada. Café doble. El pelo recogido con un lápiz.
Cuatro meses.
Y en cuatro meses no me ha preguntado nada. Ni una vez. Yo entro ahí a las tres y diez con la cara perfecta y las manos como si las hubiera metido en una hormigonera, y ella levanta la vista dos segundos y vuelve a bajarla.
Eso es lo que me daba miedo de ella antes de saber cómo se llamaba. No que mirara. Que mirara y decidiera no preguntar.
Y ahora dormía a metro y medio de mi cabeza.










