
Vientos de Pasión — El Precio de la Esperanza
- Genre: Romance
- Author: Sophia Desouza
- Chapters: 36
- Status: Ongoing
- Age Rating: 18+
- 👁 61
- ⭐ 7.5
- 💬 2
Annotation
En un mundo donde el deber define cada decisión, Lady Lilian Cavendish ha pasado años aprendiendo a ser lo que se espera de ella. Pero hubo un tiempo antes de las expectativas. Un tiempo en el que todo era más sencillo, cuando la lealtad, la confianza y el afecto nacían de la infancia, no de la obligación. Gabriel Sinclair formaba parte de ese mundo. Arrancado de todo lo que conocía a los catorce años, desapareció sin explicación, dejando atrás un pasado que nunca llegó a olvidarse. Años después, regresa. Ya no es el muchacho que ella conoció, sino un hombre marcado por la ausencia, el control y una vida lejos de casa. El reencuentro no es lo que podría haber sido. El tiempo los ha cambiado. El silencio ha creado distancia. Y el mundo que los rodea ahora exige decisiones que ninguno de los dos es libre de tomar. Mientras Lilian se enfrenta a un futuro cuidadosamente trazado para ella, y Gabriel lucha con la vida que construyó lejos de todo lo que dejó atrás, ambos deberán aceptar una verdad que ya no pueden ignorar: Algunos lazos no se rompen con el tiempo… solo se ponen a prueba. Pero en una sociedad donde cada decisión tiene un precio, y donde incluso las mejores intenciones pueden conducir a consecuencias irreversibles, aferrarse al pasado puede costar más de lo que están dispuestos a perder. Porque, a veces… la esperanza no es suficiente.
Chapter 1
Gabriel tenía catorce años cuando comprendió, por primera vez, que era posible perderlo todo sin moverse del sitio.
Estaba de pie en el patio de la casa, inmóvil, con las manos frías y temblorosas a los costados, mientras su padre lo sujetaba del brazo. Hablaba con el duque de Cavendish, que había llegado hacía poco. Gabriel no entendía cada palabra con claridad, pero tampoco le hacía falta. Bastaban el tono de voz, la dureza de los rostros y la tensión suspendida en el aire para saber que algo había sido decidido sin que nadie se lo explicara.
—Este asunto no te concierne, Cavendish. El hijo es mío. Y la decisión también.
Gabriel se volvió de inmediato hacia su padre. El vizconde ni siquiera lo miraba. Hablaba con los ojos apagados, la voz espesa, y mantenía la mano clavada en su brazo como si temiera que echara a correr.
El duque se dispuso a responder, pero el vizconde lo cortó enseguida, apretando con más fuerza el brazo de Gabriel.
—No me interesa tu opinión. Mi hijo pagará por lo que perdí. Es la única forma de resolver este asunto.
Gabriel sintió que el estómago se le encogía.
¿Pagar?
¿Qué había perdido?
¿Y por qué tenía que pagar él?
Alzó la vista hacia su padre, esperando una explicación, pero solo encontró un rostro endurecido, cerrado sobre sí mismo. El duque dio un paso al frente, como si por un instante pensara en impedir aquello por la fuerza, pero se contuvo. Su mirada se cruzó con la de Gabriel durante un breve momento y luego volvió al vizconde, más dura.
—Sinclair, es tu hijo. ¿Eres consciente de lo que estás haciendo? El peso de esta decisión no caerá sobre ti, sino sobre él. Y te aseguro que nunca olvidará lo que le haces hoy.
Gabriel respiraba. La sangre le latía en los oídos y, de pronto, el patio le pareció lejano, como si estuviera oyéndolo todo a través del agua.
Dentro del carruaje del duque, Clara apretaba el pequeño medallón que llevaba al cuello. Estaba allí porque Lilian se había negado a quedarse en casa. En cuanto supo que su padre iba a la casa de los Sinclair, insistió en acompañarlo; pataleó, lloró, suplicó, hasta que el duque acabó cediendo. Y Clara había ido con ella, como siempre. Las dos observaban todo desde el interior del carruaje.
—Padre... —dijo por fin Gabriel, y su propia voz le sonó extraña, más baja, casi insegura.
Tragó saliva y se obligó a continuar.
—¿Qué quiere decir? ¿Adónde voy?
Su padre desvió la mirada. Fue eso, más que cualquier palabra, lo que hizo nacer el miedo verdadero.
—Es por tu bien, Gabriel. Vas a aprender a ser fuerte.
Por fin la presión de la mano de su padre sobre su brazo cedió, y esa mano subió hasta su hombro en un gesto breve, vacilante, como si quisiera pedir perdón sin saber cómo hacerlo. Gabriel sintió aquel contacto casi con más violencia que la dureza anterior.
Abrió la boca para insistir, para exigir que su padre hablara con claridad, pero antes de que pudiera decir nada, un grito cortó el aire.
—¡Gabriel!
Lilian saltó del carruaje antes de que nadie pudiera detenerla. La falda se le enganchó por un instante, pero se la soltó sin mirar. Se detuvo a pocos pasos, jadeando, con los ojos clavados en él. El corazón de Gabriel se le apretó aún más al verla allí, como si su presencia volviera todo irremediablemente real.
—¿Por qué se lo llevan? —preguntó ella, con la voz ya temblorosa de miedo—. ¿Adónde va?
Gabriel se volvió hacia ella, incapaz de responder.
—Lilian —dijo el duque, seco—. Vuelve dentro.
—¡No! —dio un paso al frente—. Es mi amigo.
—Vuelve al carruaje. Ahora.
Ella negó con la cabeza, apretando los dedos contra la tela de la falda.
—No pueden llevárselo así. No pueden.
La mirada del duque se endureció.
—Lilian.
Ella se quedó inmóvil un instante, como si se negara a entender. Luego se volvió hacia Gabriel, con la voz más baja, más urgente.
—Gabriel...
—Ve, Lilian —repitió el duque, esta vez sin alzar la voz, pero sin dejarle elección.
Lilian no obedeció enseguida. Miró a su padre, luego a Gabriel, perdida entre el miedo y la rabia, como si esperara que alguno de los dos dijera por fin algo que pusiera fin a aquella locura. Pero el vizconde seguía inflexible, y Gabriel, inmóvil bajo su mano, ni siquiera sabía por dónde empezar a defenderse.
Despacio, a regañadientes, ella retrocedió un paso. Luego otro. Las lágrimas empezaron a llenarle los ojos, no solo de miedo, sino también de impotencia. ¿Por qué nadie le respondía?
Gabriel comprendió entonces que ella tampoco aceptaba lo que estaba ocurriendo.
De pronto, Lilian se giró y volvió al carruaje sin mirar a nadie más.
Entonces el cochero apareció a su lado y le puso una mano firme en el hombro.
—Es hora de partir, muchacho.
Gabriel se aferró a la manga del abrigo de su padre con dedos temblorosos.
—Padre...
El vizconde abrió la boca. Gabriel esperó. Esperó una palabra, una orden, una negativa, cualquier cosa que anulara aquel instante y lo devolviera al lugar en el que siempre había estado.
Pero no llegó nada.
Su padre apretó los labios, incapaz de darle ni siquiera eso.
Gabriel lo miró un instante más. Fue entonces cuando comprendió, con una claridad dura y helada, que su padre iba a entregarlo sin darle explicación alguna.
Soltó la manga despacio.
Luego volvió el rostro hacia Lilian. Ella estaba junto al carruaje, medio escondida, con los ojos brillantes de lágrimas. Gabriel quiso decirle que no entendía nada, que no quería irse, que tenía miedo. Quiso decirle que no lo olvidara.
Pero lo único que salió de sus labios fue:
—Prometo que volveré.
Su propia voz le sonó extraña.
Subió al carruaje, que arrancó con una sacudida, alejándolo del único hogar que había conocido. Durante un momento no miró atrás. Permaneció rígido en el asiento, respirando con dificultad, como si aún esperara que el viaje se interrumpiera.
Solo cuando la casa empezó a quedar atrás apoyó la frente en la ventanilla y cerró los ojos por un instante, intentando contener la opresión que le subía al pecho.
Entonces oyó la voz de ella.
—¡Gabriel!
Abrió los ojos de golpe.
Lilian había salido corriendo desde el carruaje de su padre y ahora iba tras el carruaje que se lo llevaba, por el camino irregular, tropezando, secándose las lágrimas con el dorso de las manos, sin rendirse. Gabriel se enderezó por puro impulso, con la mano ya apoyada en el cristal, como si eso bastara para acercarse a ella.
—¡No te vayas! —gritó Lilian.
La voz le llegó amortiguada por el ruido de las ruedas y por la distancia, que crecía a cada instante. Gabriel no respondió. No porque no quisiera, sino porque sintió que la garganta se le cerraba de tal forma que cualquier palabra lo habría quebrado.
Siguió mirándola.
La vio correr un poco más. La vio vacilar. La vio caer de rodillas sobre la tierra. Aun así, ella levantó el rostro hacia el carruaje, como si pudiera alcanzarlo con solo seguir mirando.
—Por favor... —le llegó todavía, casi borrado.
Gabriel se apartó de la ventanilla y bajó la cabeza. Las manos le temblaban ya sin remedio. Se mordió el interior de la mejilla con fuerza, negándose a llorar, negándose a darle a su padre siquiera esa satisfacción.
Pero la imagen de Lilian arrodillada en el camino se le quedó clavada de un modo que supo, incluso con catorce años, que jamás desaparecería.
El duque se acercó a su hija en silencio. Se agachó, la tomó en brazos y la alzó contra su pecho. Lilian se aferró al cuello de su padre, llorando sin contenerse, mientras él la llevaba de regreso hacia el carruaje. Clara la esperaba todavía dentro, pálida, quieta, con los ojos llenos de lágrimas.
Gabriel los vio por última vez antes de que el camino doblara.
Después, la mansión desapareció de su vista.
Y comprendió que todo cuanto había conocido le estaba siendo arrancado.
Aquella tarde, Damien y Gabriel fueron recibidos como si se tratara únicamente de una visita de cortesía. Esa era precisamente la intención de Penélope. El té se sirvió en la salita azul, lejos del movimiento principal de los preparativos para el baile.
Gabriel no veía a Lilian desde el teatro, pocos días antes. No esperaba encontrarla así. Las ojeras estaban disimuladas con un poco de polvo, pero no se le escaparon. Tampoco la manera en que se sentaba. Demasiado recta. Las manos inmóviles sobre el regazo.
Damien saludó a Penélope con su ligereza habitual.
—Lady Penélope. Espero que esta invitación no esconda una lista de tareas para el baile.
Penélope sonrió.
—Todavía no he caído tan bajo, Lord Wesley. Pero siéntense, por favor.
—Eso es exactamente lo que diría antes de pedirme que elija flores —replicó Damien mientras tomaba asiento.
Lilian sonrió. Fue breve, pero Gabriel lo notó.
Penélope esperó a que Clara sirviera el té. Cuando terminó, ambas intercambiaron una mirada. Clara entendió enseguida. Salió de la habitación, cerró la puerta tras de sí y permaneció en el pasillo, lo bastante cerca para oír cualquier acercamiento.
Solo entonces Penélope dejó la taza intacta sobre el platillo.
—Les he pedido que vinieran porque necesito su ayuda.
El humor desapareció del rostro de Damien. Miró a Gabriel, y este le sostuvo la mirada al instante.
—Entonces imagino que no se trata de las flores.
—No —dijo Penélope—. No se trata de eso.
Gabriel no dijo nada. Se limitó a mirar a Lilian. Penélope lo advirtió, pero no se detuvo.
—Nos ha llegado cierta información sobre Lord Whitaker, lo bastante grave como para poner en duda el compromiso que mi hermano aceptó con demasiada rapidez.
Entonces les contó lo esencial. Bess Turner. La lavandera. La conversación oída pasada la medianoche. La muchacha encontrada en una habitación. La palabra “opio”. El caballero que había salido por la puerta trasera antes del amanecer. Y, por último, el pañuelo de lino con iniciales bordadas, guardado por orden de Whitaker.
Damien se puso serio.
—¿Confía en la criada?
—Confío en su miedo —respondió Penélope—. Y en el hecho de que no gana nada inventando esto.
—¿Dónde está ahora?
—Todavía en casa de Lord Whitaker. Por poco tiempo, si todo sale bien.
Gabriel se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Whitaker sabe que hablaron con ella?
—No.
Gabriel permaneció inmóvil un instante. Luego miró a Damien.
Damien comprendió antes de que dijera una sola palabra.
—La muchacha —dijo Gabriel, volviéndose hacia Penélope—. ¿Sabe dónde fue encontrada?
Penélope frunció *p*n*s el ceño.
—No. Mrs Turner no oyó el nombre de la casa. Solo entendió que estaba en una calle discreta.
Damien dejó la taza, ya olvidada.
—Eso coincide con una información que recibí —dijo Gabriel—. La carta de Dorian también habla de una muchacha.
El silencio cayó sobre la sala. Lilian miró de Damien a Gabriel.
—¿Dorian?
Gabriel mantuvo la voz baja.
—Un hombre que puede hacer preguntas donde yo no puedo. Le pedí que siguiera el rastro de Lord Whitaker.
Lilian lo miró, sorprendida.
—Entonces creíste la advertencia de Clara.
—Clara no habría escrito si no hubiera motivo —respondió Gabriel—. Y yo no iba a ignorar una advertencia sobre ti.
Penélope percibió que había más detrás de aquello de lo que sabía, pero no interrumpió.
—Hemos recibido información que relaciona a Whitaker con varias casas en Londres —dijo Damien—. No a su nombre. Nada tan evidente. Pero suficiente para preocuparnos.
Penélope se quedó muy quieta.
—¿Qué clase de casas?
Fue Gabriel quien respondió.
—Casas de mala reputación, donde entran caballeros que no quieren ser vistos. Y donde esconden esclavos antes de trasladarlos a otro lugar.
Penélope perdió el color.
—¿Esclavos? ¿En Londres?
Gabriel no apartó la mirada.
—Algunos se quedan. Otros son enviados a otros puertos. Dorian todavía lo está confirmando.
La mirada de Penélope pasó por Lilian antes de volver a Gabriel.
—Entonces la muchacha de la que habló Mrs Turner...
—Puede ser la misma de la que oyó hablar Dorian —dijo Gabriel—. La palabra “opio”, el caballero que salió antes del amanecer, la prisa por ocultarlo todo... cuesta creer que sean historias distintas.
Penélope respiró despacio.
—Mrs Turner también oyó mencionar a un conde.
Damien miró a Gabriel.
—Eso no estaba en la carta de Dorian.
—No —respondió Gabriel.
Lilian apretó las manos sobre el regazo.
—Pero hace todo más probable.
Gabriel la miró.
—Sí.
—Entonces dilo.
La frase salió baja, pero firme.
Gabriel guardó silencio un instante antes de responder, sin suavizar la verdad.
—Es muy probable que sea la misma muchacha.
Penélope apoyó la mano en el brazo de la silla. Sus dedos quedaron inmóviles un instante.
—Entonces ya no podemos seguir adelante.
Lilian la miró.
—Tía...
Penélope negó despacio con la cabeza. Conservaba la compostura, pero el color había desaparecido de su rostro.
—No. No podemos permitir que nos relacionen con esto. Ya habrá suficiente escándalo cuando logremos romper este compromiso.
Damien intervino.
—Lady Penélope tiene razón.
Ella se volvió hacia él.
—Hablaré con Mrs Holloway y con Mr Harding para que dejen de hacer preguntas.
Gabriel asintió.
—Es lo más sensato.
Lilian permaneció muy quieta.
—¿Y Mrs Turner?
—Se irá mañana —dijo Penélope—. Si logra hacerlo sin llamar la atención.
—Hoy sería mejor —dijo Gabriel—. Si Lord Whitaker descubre que habló, no vivirá lo suficiente para arrepentirse.
Penélope lo sostuvo con la mirada. Su voz permaneció firme, aunque Lilian la conocía demasiado bien para no percibir el miedo bajo ella.
—Si huye de repente, Whitaker sabrá que algo ha ocurrido.
Gabriel guardó silencio.
Ella tenía razón.
Damien dejó la taza, ya fría.
—Entonces debe parecer una salida natural. Una oportunidad mejor. Nada más.
—Eso es lo que intenté preparar —dijo Penélope—. Una razón para que quisiera marcharse.
Gabriel asintió lentamente.
—Después de eso, nadie en esta casa volverá a acercarse a ella.
Penélope respiró hondo.
—De acuerdo.
Gabriel miró a Penélope y luego a Lilian.
—A partir de ahora, sigan actuando como antes. Como si no supieran nada.
Durante unos segundos solo se oyó el ruido distante de la casa: pasos en el corredor, una voz pidiendo cintas, el tintinear de porcelana en alguna sala cercana. Todo seguía igual. Solo que ya no parecía seguro.
Al otro lado de la puerta, Clara oyó pasos acercándose.
Se enderezó enseguida, manteniendo las manos unidas frente al delantal, como si estuviera allí por casualidad. Thomas avanzaba por el corredor con una bandeja vacía en las manos. Al verla junto a la puerta de la salita, redujo el paso.
—Thomas —dijo Clara—. ¿Buscas algo?
Él vaciló.
—Pensé que habían pedido más té.
Clara miró la bandeja vacía.
—¿Con una bandeja vacía?
Thomas bajó la vista un instante.
—Iba a buscarlo después. Debí entender mal.
Hizo ademán de mirar hacia la puerta cerrada, pero Clara dio un pequeño paso, suficiente para bloquearle la vista sin que pareciera intencionado.
—El té ya ha sido servido. Si hace falta algo, yo avisaré.
—Claro.
Thomas inclinó la cabeza y se alejó por el corredor.
Clara lo siguió con la mirada. Lo conocía lo bastante bien como para saber que no era hombre de cometer descuidos. Y aquello no le había parecido distracción. No con la bandeja vacía. No hoy.
Dentro de la salita, la conversación continuaba.
—No quiero heroísmos —dijo Penélope, mirando primero a Damien y luego a Gabriel—. Ni duelos ni enfrentamientos.
Damien inclinó la cabeza.
—Tiene mi palabra.
Gabriel tardó un poco más.
Lilian lo miró.
—La tuya también.
Él se volvió hacia ella.
—Tienes mi palabra.
Penélope se enderezó.
—Entonces queda decidido.
La frase le costó más de lo que quiso mostrar. Pero insistir sería poner a todos en peligro: Mrs Holloway, Mr Harding, Mrs Turner, Lilian.
Y eso no podía permitirlo.
En ese momento sonó un golpe discreto. La puerta se abrió despacio. Clara entró y la cerró tras de sí, con el rostro más serio de lo habitual.
Lilian la miró enseguida.
—¿Clara?
Gabriel también se volvió. La conocía demasiado bien para no darse cuenta de que algo iba mal.
Penélope se incorporó.
—¿Qué ocurre?
Clara miró primero a Lilian y luego a Penélope.
—Thomas se acercó hace un momento a la puerta. Dijo que venía por el té, pero traía la bandeja vacía.
Penélope frunció el ceño.
—¿Thomas?
—Entró esta semana —explicó Clara—. Para ayudar con los preparativos del baile.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado. Gabriel miró a Damien.
—Una razón más para que nadie en esta casa siga haciendo preguntas.
Penélope palideció un poco más, pero asintió.
—Clara, no digas nada a nadie. No lo enfrentes, no le hagas preguntas y no lo sigas de forma que lo note. Pero si lo ves cerca de puertas cerradas o saliendo de la casa sin motivo claro, vienes a decírmelo.
Clara inclinó la cabeza.
—Sí, milady.
—Y vuelve al corredor —dijo Penélope—. Como si no hubiera pasado nada.
Clara salió tan discretamente como había entrado. Durante unos segundos, nadie habló.
Lilian bajó la mirada. El miedo se había instalado en ella de otra manera. Ya no era el miedo del jardín. Era algo más grande, más frío. Whitaker no era solo un hombre cruel. Tenía otros hombres a su alrededor. Dinero. Vicio. Secretos. Silencio.
Y quizá incluso ojos dentro de aquella casa.
Y ella estaba prometida a él.
Chapter 2
El viaje fue largo y silencioso, roto solo por el rechinar de las ruedas sobre el camino de tierra. Cuando el carruaje se detuvo por fin, el cielo ya estaba teñido de sombras oscuras.
Gabriel miró por la ventanilla y distinguió un puerto pequeño y aislado. Un barco aguardaba junto al muelle, con los mástiles balanceándose contra el cielo.
La puerta del carruaje se abrió de golpe con un chasquido seco, y Gabriel comprendió que tenía que bajar. Descendió los escalones y sus pies tocaron el suelo frío, mientras una sensación de desasosiego se le extendía por el cuerpo. El olor a sal y algas flotaba en el aire, y el sonido de las olas golpeando el muelle parecía una advertencia sombría de que ya no había vuelta atrás.
—¿Este es el muchacho?
La voz llegó antes que la figura. Grave, áspera, marcada por años de mando.
Gabriel se volvió.
El hombre ya estaba allí, demasiado cerca. Alto, inmóvil, con el rostro surcado por una cicatriz que le cruzaba el lado











