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Los Misterios Ocultos de Mi Luna Humana

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Luego de los eventos que casi le arrebatan la vida a su pareja, el gran alfa Kogan y su lobo el alfa Rax dedican sus días a cuidar a su ganeia (familia). Sin embargo, la amenaza no proviene únicamente de enemigos externos. Haber menospreciado a una raza inferior les recordó que el peligro puede surgir dentro de su territorio. Y su paso por las tierras del alfa Logan solo sirvió para despertar nuevos misterios y reabrir heridas que Cristal jamás logró sanar. De regreso al territorio, la tensión se percibe: las guerras entre manadas se han vuelto más frecuentes, y las fronteras de los Real Blood hierven en una actividad constante. Él alfa mantuvo estas amenazas en silencio. Creyendo controlar estos peligros, piensa que podrá comenzar a disfrutar décadas de paz y tranquilidad junto a sus hijos y su luna. Pero todo cambia cuando tres(3) halos luminosos alrededor de la luna anuncian un evento antiguo y poderoso: "EL LLAMADO DE LA DIOSA LUNAR". Esta convocatoria ineludible reúne a todos los líderes de las manadas, el alfa sabe que no pueden ignorarla. Sin embargo, también comprende lo que esto significa: Cristal está en más peligro que nunca. Pronto se descubrirá que su luna no había muerto, que la ha encontrado, y que además es humana, convirtiéndola en su mayor debilidad frente a quienes buscan vengarse y destruirlo a él. ¿Comenzarán a revelarse los misterios que rodean a Cristal? ¿Y qué otros secretos aguardan para ser descubiertos? Acompañen a este poderoso alfa en esta nueva etapa, donde nuevos misterios y peligros surgirán, amenazando con cambiarlo todo. Advertencia: Para comprender esta historia, es indispensable haber leído la primera parte: «Apoderándome de mi luna humana».

Chapter 1

La luna brillaba intensamente sobre el cielo nocturno, siendo testigo silenciosa de los terribles acontecimientos que azotan a las diferentes manadas. Durante semanas, la sangre había corrido como ríos. Muchos licántropos huían  desesperados junto a sus parejas e hijos, tratando de escapar de una muerte segura.

En los límites de Roseliam, territorio del gran alfa Kogan y su lobo el alfa Rax, los centinelas se desplazaban a gran velocidad. Ahir, el sexto beta, corría con urgencia para interceptar a los intrusos que habían osado cruzar los límites. 

No pensaba permitirles avanzar ni un paso más.

Ahir había nacido con el rango de centinela. Aquellos como él no solo poseían un agudo instinto, sino que habían sido entrenados en tácticas excepcionales. El alfa lo había nombrado personalmente, y en sus venas corría la responsabilidad de proteger los límites del territorio. 

La furia lo consumía. 

Tras siglos de inviolabilidad, sus fronteras habían sido cruzadas. Aquello era intolerable.

¿Cómo habían logrado cruzar sin ser detectados? 

Los centinelas estaban en estado de alerta total. No permitirían que los intrusos avanzaran más, especialmente ahora que la luna acababa de llegar. Su presencia lo había cambiado todo. La manada la creía muerta, víctima de una traición imperdonable.

Aquellos días oscuros, cuando fueron traicionados por Tou, marcó un antes y un después. Esa herida, despertó en ellos un instinto dormido, una lealtad más feroz que la de cualquier siglo anterior. Por deseo de la Diosa Lunar ella seguía con vida, pero las cicatrices de esa traición siguen ardiendo.

Ahora, protegerla a su luna resucitada y a la manada entera, se ha convertido en su prioridad absoluta. 

Ahir no permitirá que esa historia se repita. No bajó su guardia. No mientras siga respirando.

El beta corría a toda velocidad, dejando atrás al resto del grupo. Guiado por su olfato e instinto, rastreaba la ruta que los intrusos habían tomado a través del bosque. Pero algo no cuadraba: el estruendo que hacían era excesivo, incluso deliberado.

A lo lejos, los divisó. Se acercó silenciosamente, ocultando su presencia con la destreza propia de un centinela. Estos no solo tenían sentidos agudizados, también podían percibir el peligro con una precisión inusual. Pero lo que inquietaba a Ahir era precisamente la falta de esa alarma interna. Algo estaba mal. 

¿Cómo habían camuflado su presencia para entrar sin ser detectados?

— ¿En qué manada… nos encontramos? — susurró uno de los pícaros, jadeando, con la mirada alerta.

— ¡No hagas tanto ruido! — reprendió otro. — Si creen que somos hostiles, no dudarán en matarnos —.

El miedo se reflejaba en sus rostros: respiración agitada, manos temblorosas, ojos desorbitados. Avanzaban torpemente, rompiendo ramas y empujando arbustos, como si intentaran llamar la atención deliberada de los centinelas.

— Tenemos que hacer todo lo posible por hablar con el alfa de estas tierras — dijo otro con preocupación. — Es la única forma de sobrevivir… —.

Mientras el pícaro hablaba, Ahir ya estaba entre ellos, camuflado entre las sombras. Nadie había notado su presencia.

— ¿En qué manada estaremos? — repitió otro con voz temblorosa.

Fue entonces cuando uno de ellos lo vio. Se quedó sin aliento. Su piel se erizó y el miedo lo inmovilizó al descubrir al centinela junto a él, observándolo con el ceño fruncido.

— Es-estamos... en el te-territorio de los... Blood — susurró entrecortadamente.

— ¿Cómo lo sabes? — preguntó otro, girando de inmediato.

Este pícaro abrió los ojos con asombro y, junto al otro, se paralizaron al ver la figura de Ahir. Una presión invisible les oprimió el pecho; el aire se volvió denso, casi irrespirable. El aura que lo comenzó a rodear era inconfundible: antigua, poderosa, marcada por generaciones de sangre dominante. De inmediato, ambos inclinaron la cabeza en señal de sumisión, con los labios temblorosos de miedo. No cabía duda. Estaban frente a un miembro de los Real Blood.

Los pícaros, completamente tensos por el miedo, mantuvieron la cabeza inclinada. Sabían que no era solo su reputación lo que los aterraba, sino la intensidad de su aura. Su sola presencia, su andar silencioso, la forma en que había aparecido sin ser detectado… estaban frente a uno de los guardianes silenciosos y letales de una de las manadas más antiguas.

Un Centinela.

Ahir los observaba con seriedad. Los demás pícaros, al notar la tensión en el aire y sentir su aura comprender la situación, inclinaron sin demora sus cabezas. En segundos, todos estaban arrodillados en señal de respeto.

El beta frunció más el ceño al comprender cuál era su intención.

— No-nosotros... solo queremos hablar con tu al-alfa — dijo uno con voz entrecortada. — No venimos con intenciones hostiles. Solo pedimos un lugar... donde vivir en paz —.

Ahir no respondió. Sabía que ninguno de ellos representaba una amenaza real. Sin embargo, algo lo hizo girar la cabeza hacia el interior del territorio: otro grupo se estaba adentrando aún más. El rastro era claro.

Los pícaros notaron hacia dónde dirigía la vista y comenzaron a temblar.

— ¡Ellos...! —.

Pero Ahir no esperó una explicación. Ya se había echado a correr en dirección al nuevo grupo.

— ¡NO…! — gritaron los pícaros tras él, siguiéndolo.

Aun sabiendo que cruzar el territorio de un centinela sin permiso era una señal de hostilidad.

Ahir aceleró. Entendía ahora que ese grupo inicial solo había sido una distracción. El verdadero peligro se ocultaba más allá.

Detrás de él, los pícaros lo seguían con desesperación. Pero habían olvidado dónde estaban. Antes de que pudieran alcanzarlo, un grupo de centinelas los esperaba frente a ellos. Ahir pasó entre sus compañeros, y estos de inmediato rodearon a los perseguidores, superándolos en número.

El miedo era evidente en los rostros de los pícaros, pero no se rindieron. Luchaban con fuerza, lanzando golpes con torpeza, sin detenerse.

Los centinelas recibían los ataques sin retroceder, sin mostrar debilidad. Su entrenamiento hablaba por sí solo. Aun así, los pícaros no buscaban herirlos, solo abrirse paso.

Ahir, al ver esto, se detuvo un instante, intrigado. 

¿Por qué tanto empeño en no pelear directamente? ¿Qué ocultaban?

Pero no podía perder tiempo. Él se desvaneció entre la espesura del bosque, guiado por su lobo interior, Grau. Este tomó el control y agudizó sus sentidos. Ambos sabían que debían detener al segundo grupo.

Mientras avanzaba, una presencia cercana le hizo tensarse. Pensó que se trataba de un ataque, por lo que liberó sus garras, preparándose para defender el territorio con furia. Atravesó los arbustos con fuerza… y se detuvo de golpe, dejando un rastro de tierra removida.

Delante de él, un pequeño cachorro lloraba, mirándolo con terror. Su cuerpo temblaba, sus manitas rígidas, y sus grandes ojos lo observaban sin parpadear.

Grau ocultó sus garras de inmediato, y la tensión en su rostro se desvaneció. No era un cobarde, ni un monstruo. No necesitaba añadir más miedo al que el pequeño ya sentía. Fue entonces cuando comprendió el afán del primer grupo de pícaros.

Se acercó con calma y cuidado, pero el pequeño, al ver su aproximación, temió aún más. Elevó las manos para cubrir su cabeza, como si esperara un golpe, y su lamento se intensificó.

A pesar de ver esta reacción, Grau lo tomó entre sus brazos y le habló:

— ¿Tienes hambre? —.

Su voz era suave, casi angelical y sintiendo una cercanía natural con este cachorro, intentando calmarlo y hacerle sentir con menos temor. Pudo notar cómo su cuerpo temblaba más a su contacto.

Grau comenzó a caminar sin esperar respuesta, dirigiéndose hacia un claro lleno de árboles frutales. Se detuvo frente a uno y recogió la fruta más grande.

— Come — dijo, con voz tranquila.

El cachorro rechazó el gesto al principio, aún aferrado al miedo. Pero Grau fue paciente. Sabía que, siendo tan pequeño, no resistiría mucho tiempo. Y así fue: el hambre, al final, resultó ser más fuerte. Las diminutas manos se aferraron a la fruta, que devoró con desesperación.

El sexto beta soltó un suspiro, frustrado. No recordaba haber sentido miedo cuando era un cachorro. Jamás había tenido que huir para sobrevivir. Sus líderes siempre se encargaron de proteger a la manada y brindarles todo lo necesario. Él, como muchos, había sido bendecido al nacer bajo una manada fuerte y justa.

Pero no todos los licántropos habían tenido la misma suerte. Las guerras territoriales, los malos líderes y la ambición desmedida habían forzado a muchos a huir de sus propias manadas. A vivir como sombras, como fantasmas de lo que deberían haber sido.

Cuando volvió a mirar al cachorro, Grau tomó otra fruta. Esta vez, el pequeño no dudó en aceptarla y empezó a comer con más calma. El beta le daría toda la comida que necesitará. Al observar al cachorro, con su ropa desgastada, delgado y cubierto de suciedad, sintió una profunda tristeza.

El movimiento de las plantas hizo que recorriera su entorno con la mirada. Intuyendo de quién se trataba.

Solo bastaron unos segundos para que, desde la sombra de los árboles, emergiera la figura de una hembra. Su respiración era agitada y el miedo se reflejó con fuerza en las facciones de su rostro. Al ver a un centinela cargando a su hijo, sus labios comenzaron a temblar.

— Pp-or favor… no lo lasti-times… — suplicó con la voz quebrada por el terror.

El cachorro, al reconocer aquella voz, dejó de comer. Levantó la mirada hacia su madre, luego hacia Grau, y aceptó otra fruta que él le ofrecía. Cuando fue colocado en el suelo, el pequeño lo miró con una chispa de alegría. Después de haber sentido mucho temor durante tanto tiempo, la amable acción de este desconocido encendió algo en su interior, algo que nunca había experimentado antes: bondad y confianza. 

El pequeño con una sonrisa en su rostro, corrió hacia su madre, extendiendo los brazos hacia ella.

— No te… muevas… — pidió ella con voz temblorosa, más por el miedo que por el cansancio. 

La angustia aún dominaba su cuerpo. Cautelosamente se acercó a su cachorro. Al envolverlo entre sus brazos, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. El pequeño, sin dudarlo, la abrazó con fuerza, sollozando de alivio y emoción. Lloraba, pero no de miedo, sino por la dicha de volver al calor de su madre. 

En su desesperado intento por adentrarse en el territorio para salvar sus vidas, se había separado de su hijo.

Grau observó en silencio, su intuición era cierta, este grupo de pícaros: querían proteger a sus parejas y cachorros.

Fue entonces cuando unos gritos de súplica y sonidos de forcejeo lo hicieron girar hacia la zona donde sus centinelas habían retenido a los intrusos. Los pícaros capturados, fuertemente custodiados, emergieron desde la oscuridad de la noche.

— ¡NO! — gritó uno al ver al centinela frente a su pareja y su cachorro, y suplico en preocupación. — ¡No los lastimes! —.

Estaba inmovilizado, pero el terror lo desbordó. Se agitó con tal desesperación que logró zafarse del fuerte agarre. Lo que no sabía era que el sexto beta ya había dado la orden de liberarlo.

Corrió hasta ellos, colocándose delante de su pareja y su hijo con los brazos extendidos mirando al centinela líder. Aunque el miedo seguía reflejado en su rostro, se inclinó en señal de sumisión. 

Su mirada, fija al suelo, reflejaba su lucha interna. 

— No venimos a robar su paz ni su tierra. Si-si su Alfa lo permite… solo buscamos un pequeño espacio donde resguardar nuestras gaenias y vivir sin causar daño —.

Su voz fue clara, aunque cargada de emoción, pero su postura se mantuvo firme. Aunque el miedo era evidente. Quería una oportunidad, no para rendirse, sino para ser escuchado.

Ahir tomando el control nuevamente, lo observó con su acostumbrado semblante serio. No era un licántropo de muchas palabras. Sabía que los recientes movimientos en las fronteras eran consecuencia directa de las múltiples guerras territoriales.

En ese instante, el pícaro que aún mantenía la cabeza inclinada miró con temor a su alrededor sin moverse. Detrás de él, emergieron lentamente las siluetas de numerosas hembras, jóvenes en edad de entrenamiento y pequeños cachorros, todos con temor reflejado en sus rostros.

Al ver a sus parejas e hijos salir de sus escondites, los otros pícaros se soltaron de sus captores y corrieron hacia ellos. Se colocaron frente a sus gaenias, en gesto protector, pero pronto bajaron la cabeza en señal de sumisión, imitando al primero.

— Por fa-favor… dile a tu Alfa… que so-solo deseamos un lugar donde podamos vi-vivir en paz — suplicó el pícaro una vez más.

Los centinelas se miraron entre sí, menos tensos, pero aún vigilantes ante cualquier movimiento hostil.

Ahir mantuvo la vista fija en el pequeño cachorro, aquel que casi había atacado. No podía tomar una decisión por su cuenta. Como el beta centinela, su alfa le había confiado la seguridad de las fronteras, y muchas veces había actuado con libertad. Pero esta vez era distinto. Esta vez no podía decidir por sí mismo si ese grupo de pícaros podía entrar en sus dominios.

Sin duda alguna, debía informar a su Alfa.

Chapter 2

A kilómetros de distancia, en una guarida en lo alto de un cerro elevado rodeado por un inmenso y vasto bosque, en un gran edificio se alzaba la vista de todo el territorio donde a los humanos se les permitía habitar.

La figura de un licántropo yacía recostada sobre una inmensa cama. Su respiración era lenta, su semblante relajado y sus ojos cerrados expresaban una tranquilidad que no tardaría en desvanecerse.

“Alfa”.

En ese instante, sus ojos se abrieron de golpe. El llamado de Ahir, su beta centinela encargado de proteger la frontera de cualquier amenaza, destruyó la paz en la que se encontraba.

Kogan apretó los puños con fuerza, en un intento por contener la furia que comenzaba a carcomer su pecho. Sabía perfectamente a qué se debía ese llamado.

“Desean que les permitas habitar el territorio”.

Aquella petición lo llenó de más ira. Su cuerpo empezó a estremecerse; el fuerte deseo de dirigirse a las

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